jueves 19 de noviembre de 2009
Ambición II
Este relato no tiene nada que ver con Ambición, pero está estrechamente relacionado con él. Si no lo entiendes del todo esta relación no te preocupes: yo tampoco.
Y una vez más, choco de frente con otro de mis defectos de fábrica: tengo mejor memoria que estómago, y eso que estómago tengo mucho.
Lo cierto es, sin embargo, que cada vez que bebo para olvidar, acabo vomitando hasta las entrañas y sintiendo náuseas hacia toda clase de comida y bebida mucho antes de llegar a borrar ningún recuerdo. Y las contadas ocasiones en las que consigo olvidar algo, rara vez es aquello que me había propuesto.
Las ojeras vienen acompañadas de odio a mí mismo, de la reminiscencia de una noche donde vuelvo a recordarme que ebrio soy tan inútil como sobrio, que no sirvo para persona.
Dentro de los alcohólicos patéticos, soy patético. No existe un lugar donde pueda caer más bajo. Si ahogase en etanol todas mis neuronas menos una, esta seguiría electrocutándome la retina con retazos de tus rasgos.
Por su parte, la marihuana es una ruleta rusa: A veces consigue evadirme de las contrariedades, otras me trae una solución ficticia e imposible de llevar a cabo, pero que a mi mente incapacitada le parece perfecta; y por unas horas, en mi ignorancia puedo hallar la felicidad.
En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, agranda mis problemas hasta hacerlos de proporciones colosales, les otorga uñas y dientes y me vuelve indefenso ante ellos. En esos momentos es imposible pensar en otra cosa, pueden ser mares o vasos de agua, yo me ahogo irremediablemente en ellos. Sin fuerzas siquiera para chillar, aunque la garganta me lo pida a gritos.
Soy una máquina defectuosa. No soy capaz de escapar de mis errores, con o sin ayuda. No puedo huir ni pasar página. Cada uno de mis fallos, de mis miedos, de mis problemas y mis desesperanzas seguirán allí eternamente, clavando agujas cada vez que parpadeo.
La posibilidad de las drogas duras se abre entonces ante mí como única esperanza posible para una evasión cobarde. Un joven más tirando su vida a la basura será un titular sensacionalista más. Probablemente ni eso.
La moralidad de todo esto es muy sencilla: si la eutanasia me parece una opción perfectamente válida, puedo estar completamente a favor de la eudrogadicción, de la heroína terapéutica.
Partiendo de que no puedo sobreponerme a mis problemas, esta es mi única opción, mi última opción. Ésta o vivir amargado, sufriendo, en una tortura constante. Y eso sí que no. No puedo vivir bajo el yugo de la adversidad infinita existiendo cucharas de plata que dan alas.
Al fin y al cabo no es algo tan sumamente grave, yo voy a jugar con jeringas en edificios abandonados, los hay que juegan con navajas de afeitar en la bañera.
Ehse
viernes 13 de noviembre de 2009
Ambición
Quiero andar todos los caminos en todas direcciones. Abrir todas las puertas y ventanas y no cerrar ni los ojos cuando parpadeo. No quiero llegar a los cuarenta y ver que desde el inicio escogí el mal camino; sé que existe una clave, una forma de ser feliz, o al menos una opción mejor que el resto para acercarse a esta felicidad, y quiero encontrarla.
Por otro lado tampoco puedo quedarme parado, contemplando todas las posibilidades pero sin voluntad para tirar a derecha o izquierda mientras el tiempo se me escapa de las manos. Necesito llevar cada una de mis acciones hasta sus últimas consecuencias, y sé que no podré hacerlo si no me decido rápido por una vía.
Estoy a un tris de perder la paciencia, de darme cuenta de que nada de lo que he hecho hasta ahora tiene ningún sentido, ningún tipo de utilidad. Estoy a un tris de mandarlo todo a la mierda, de coger una mochila y un cuaderno y lanzarme de cabeza contra el mundo, echar a andar y asomarme a cada abismo, observar mi reflejo en cada charco. Y no volver hasta dentro de cinco años, con barbas desaliñadas de dos metros y diez novelas firmadas por mí bajo el brazo.
Quiero hartarme de amar al límite, y de follar, y de reír, y de fumar y de beber, y de llorar y de gritar y de escribir. Sin ataduras, sin responsabilidades. Quiero ser un niño grande, que la felicidad y la desesperación me empujen violentamente y me levanten por los aires y me vuelvan a lanzar contra el suelo. Vivir la vida al límite, arrepentirme solamente de aquello que no he hecho y no darme ocasión para arrepentirme de nada. Llegar a viejo y morir joven.
Quiero ser una fábrica de sentimientos, sin barrotes, ni cuchillos, ni agujas de reloj, ni balas hechas con monedas, ni opiniones, ni juicios.
Dices que a veces se me va la pinza. No tienes ni idea. El día que de verdad se me vaya la pinza ocurrirá nada, pero vibrará cada centímetro de suelo hasta descolocar las estrellas y una suave brisa sacudirá las ventanas y las mentes, susurrando “ya está, lo he hecho”.
Ehse
miércoles 11 de noviembre de 2009
Deprisa
Ese día me levanté con resaca, y esta vez no tenían nada que ver el whisky o la cerveza. Tras la frenética actividad de los premios 20 blogs, mi cerebro se levantó el 18 de octubre como si hubiese vivido una bacanal la noche anterior. Llegué una hora tarde a clase, y por el camino repasaba todos los acontecimientos del concurso.
Como todo, había tenido una parte mala, una parte mala importante, que en ciertos momentos me hizo pensar el abandonar el concurso y volver a mi pequeño templo zen en "el hombre de la sonrisa eterna". Ahora me alegro de no haber tomado esa decisión.
Esta parte negativa me sirvió como ventana al mundo editorial al que hasta hace poco había mirado con ojos golosos. Sin embargo pronto me di cuenta de que era un mundo que exigía demasiado trabajo y varios sacrificios que de momento no quiero, ni en muchos casos puedo, hacer. Entre la fama del escritor y la libertad del manchafolios, de momento me sigo quedando con lo segundo.
Esto no significa en absoluto que haya abandonado la idea de ser el mejor escritor del mundo, eso fue casi una promesa, y debo hacer lo posible por cumplirla. De momento sigo avanzando, pero por mi propio camino.
Por supuesto también tuvo su parte buena, una gran parte buena. No es solo el orgullo de haber quedado los primeros en la categoría de cultura y segundos en la clasificación general. Lo mejor fue conocer a muchas personas interesantes, personas con blogs geniales que en muchos momentos hicieron que me sintiese extraordinariamente pequeño a su lado. Y por encima de todos ellos, destacan por supuesto los otros cinco miembros del equipo Deprisa: Fernando, Jose, Laura, Pedro y Óscar. A Óscar ya le conocía, de hecho, Óscar fue el culpable de todo. Me ha mantenido al pie del cañón durante meses, por su culpa he tenido la cabeza ocupada en Deprisa mucho más que en cualquier otro aspecto de mi vida, he escrito más que en cualquier otra época de mi vida y he aprendido mucho sobre el mundo que rodea la escritura y los blogs. Óscar tiene la culpa de todo, y le estoy profundamente agradecido.
Mes y pico después volvía a amanecer con resaca. Esta vez sí tenían mucho más que ver el whisky y la cerveza. Los premios habían acabado en una gran fiesta de entrega de premios en la que nos llevamos un diploma y una estatuilla, amén de conocer en persona a muchos de los otros concursantes. Ahora Deprisa continúa con mucha fuerza, y me alegro de continuar en el equipo.
De ahora en adelante iré publicando paulatinamente aquí también todas las entradas que he publicado ya en Deprisa, que vendrán acompañadas con la etiqueta [Deprisa].
Ehse
martes 27 de octubre de 2009
Tengo los huevos como un camión de siete ejes
Ni uno más, ni uno menos. Siete ejes.
Cada persona tiene un mínimo código de normas impuestas por uno mismo que debe cumplir sin excusas. Un amigo decía que jamás se sale de casa sin una cantidad decente de cerveza en la sangre. Yo siempre que prometo algo en serio, debo cumplirlo. Si nunca he prometido a nadie la luna es porque aún no tengo un arpón gigante. Esta pequeña ley es una buena excusa para obligarte a hacer cosas cuando te puede la pereza, la vergüenza o el miedo; especialmente si vas a hacer cosas estúpidas. También es una buena manera de cuidarte de prometer cosas que no puedas cumplir.
El tema de los huevos, el camión y sus siete ejes surgió cuando estaba en la entrega de los premios 20 blogs. Era una de las últimas conversaciones de la noche, por lo que llevaba más de un whisky, y más de dos, espero que menos de siete. Allí estábamos formando un círculo Mariano Zurdo, HLC, varios de Deprisa y quizá más gente que mi "efecto túnel" no era capaz de enfocar.
No quiero que en ningún momento esto suene a excusa o a que lo hacía simplemente por haber bebido, soy perfectamente consciente de mis responsabilidades, pero lo cierto es que con ene copas en el cuerpo paso de ser un tipo prometedor para convertirme en un tipo prometiente, es decir, de promesa fácil.
Recuerdo que estábamos todos comentado la experiencia de cada uno en el concurso. Después hay un flashazo en mi memoria y tras atravesar una pequeña laguna, aterrizo en el mismo sitio que antes, diciéndole a Mariano que no se preocupase, que podía contar conmigo que yo lo publicaba. En mi mano sostenía el móvil con una nota escrita en un mensaje de texto: "Tengo los huevos como un camión de siete ejes".
Una promesa seria implica una acción en consecuencia. En realidad no es algo tan fuera de lo común, no hace falta tener los huevos como un camión de siete ejes para escribir algo así en un blog, no dejo de recordarme que habría sido peor si hubiera prometido tener los huevos bajo un camión de siete ejes.
Como metáfora no deja de ser impresionante: visualiza siete ejes, no quites ninguno que con seis el efecto ya no es el mismo. Ahora ponle encima un camión y envuélvelo todo en un escroto gigante. Por último ponme a mí al lado, o a tí, da igual, vas a seguir igual de boquiabierto, hay excesos que simplemente son demasiado para cualquier persona.
Ahora salga a la calle y grítesela al primero que le importune, mándesela por correo a amigos y enemigos, susúrresela a la anciana que se le acaba de colar el la cola del autobús, aproveche antes de que se ponga de moda. Y si no tiene huevos no se preocupe, yo tampoco tengo un camión de siete ejes.
Ehse
Nota: Por muy buena que sea ésta, hay una ley del lenguaje que dicta que ninguna frase puede superar en originalidad, sutileza e incorrección política a la ya famosa "Tengo los pezones calientes"
Nota 2: De momento aquí tenéis las otras versiones del asunto: La de Mariano y la nuestra en Deprisa.
sábado 3 de octubre de 2009
Al final del túnel hay otro túnel
Miraba fijamente a la luna, aullándole con las pupilas. Luego devolví la vista al suelo y escupí sobre él. Seguí avanzando. Llevaba ya un buen rato caminando bajo un cielo oscurecido hacía ya varias horas. Sin rumbo fijo, sin norte al que dirigirme.
Me atragantaba con los recuerdos de una de las peores semanas que había tenido en los últimos meses, y media botella del peor de los whiskys no había conseguido diluir el grueso nudo de mi garganta. Las leyes no escritas de la frustración dictaban que ahora la culpa la tenía el mundo. Yo era un ente lleno hasta la médula de rencor, me dejaba cegar encerrado en una burbuja de hostilidad. Estoy seguro de que cuando alguien pasaba a mi lado podía sentir que el aire de mi alrededor estaba enrarecido por la enervación que ardía en cada poro de mi cuerpo. Mi odio podía olerse, y casi palparse desde kilómetros de distancia, y mi odio necesitaba verse satisfecho.
No digas que nunca lo has sentido; frustración incendiaria que hiere tus entrañas y que pide a gritos pegarte con otro ser humano. Hacer daño. Recibirlo. Ira que se justifica a sí misma. Destruir por el mero hecho de destruir.
Afortunadamente aún no estaba loco del todo, y decidí ser justo. No me lanzaría a una devastación sin sentido, no atacaría a quien aquella noche no estuviese también buscando violencia.
Detrás de cada sombra veía un perro con los dientes afilados esperando un descuido para morderme. El aire gélido me quemaba con sus caricias. Sentía asco del mundo. Odiaba el mundo, el mundo me odiaba a mí y yo me odiaba por pertenecer al él. Sentía esa presión en mis órganos. Náuseas. Dolor.
La vida es una enrevesada red de mentiras, y no podemos quejarnos, pues cada persona es un nudo más. Nos engañamos a nosotros mismos para ser más felices. Si tu vida no te gusta, te inventas una más bonita; y te la crees. Sin embargo necesitamos medios para proteger esa mentira. No puedes perpetuarla mucho más tiempo cuando alguien te escupe la realidad a la cara. Cuando alguien te grita que no es que tengas mala suerte en la vida, sino que eres gilipollas; que no eres tan buena persona como crees; que no eres listo, ni guapo, ni sabes manejar tus emociones; que eres superficial y completamente innecesario.
Por eso existe una especie de acuerdo no escrito entre las personas: Nos engañamos también entre nosotros, obviamos las mentiras ajenas para que nadie descubra el pastel de crema. Nos comemos la polla mutuamente, nos agasajamos hipócritamente para tratar de tapar con maquillaje el monte de estiércol.
Procuro saltarme el acuerdo, no acepto dar ni recibir, y mi castigo es el aislamiento; ser un insociable, un cabrón. Y me lo merezco, fui yo quien pidió que la crueldad de la vida me mease en la cara. La misantropía es la única opción cuerda. Odio la felicidad, las cosas que salen bien. No entiendo que la gente tenga derecho a sonreír ni ganas de hacerlo en un mundo que no es más que un vertedero convertido en laberinto para ratas.
Así andaba: buscando ser atracado, mirando de manera desafiante a todos los ojos con los que me cruzaba, suplicando que alguno de ellos me increpase preguntándome que qué coño estaba mirando. Sin embargo parecía que justo aquella noche, todos los chulos, los matones y los borrachos que buscan pelea a las tres de la mañana se habían quedado en casa. El destino es macabro y retorcido hasta límites insospechados.
Los suicidas, los yonkis, los poderosos déspotas y arrogantes... Todos ellos merecían todo el respeto que la sociedad les negaba. Huían del juego o jugaban con sus propias normas. No importaba, lo único importante era que ellos estaban fuera, riéndose de los mortales que no éramos capaces de levantar la cabeza. Quizá incluso la gente corriente mereciese más respeto que yo: ellos estaban metidos hasta el cuello, pero al menos en esencia se divertían. O eso parecía. Yo aborrecía el juego, pero me quedaba en él, en la sensación de seguridad que ofrecía. Nunca había tenido cojones para saltar, para huir de toda esa fealdad que me amargaba y se comía mi vida con fieros bocados. Hasta esa noche.
Y la noche me daba la espalda.
Había recorrido ya muchas calles. No comprendía cómo no había conseguido pelea aún. En cualquier otro momento me habría sentido invencible, pero no justo cuando buscaba demostrarme que no lo era. Nadie que camine con el puño en alto busca la redención.
Finalmente decidí darme la vuelta y encaminarme de nuevo a casa. El sentido común había movido los hilos del universo para dejarme fuera de juego. La noche había ganado. No era ni siquiera capaz de autodestruirme; frustrante. Recordé una película de Chaplin en la que este se negaba enérgicamente a que le dejasen salir de la cárcel porque su vida como preso era mucho más cómoda que como vagabundo. Los dos parecíamos igual de estúpidos a ojos de quien no conociese nuestros motivos.
Mientras andaba sumergido en estos pensamientos alguien agarró con firmeza mi hombro izquierdo y me obligó a detener la marcha. Intenté darme la vuelta en sentido horario, para quedarme cara a cara con él y a la vez obligarle a soltar mi hombro, pero me agarró con más fuerza.
- ¿Peckingham?, ¿Green Peckingham? – Dijo con una voz grave que apenas levantaba.
- No ¿Y tú? – Contesté desafiante. Tal vez aún hubiera esperanza para mí esta noche.
Sin responder nada, usó la mano con la que me mantenía agarrado para obligarme a dar media vuelta, y supongo que pegarme un puñetazo con la otra, pues un segundo después estaba en tendido boca abajo en el suelo chorreando sangre por la nariz y con la cara ardiendo. Al parecer la vida te recompensa cuando pierdes la esperanza.
Me ha pillado desprevenido, ahora le engancharé yo alguna, pensé para mis adentros mientras me limpiaba la nariz torpemente y levantaba la mirada para ver a mi adversario. Tenía frente a mí a un hombre más alto, fuerte, mayor y feo que yo. Su cara era inexpresiva, pero llena de cicatrices, como la de un veterano de guerra, con unos ojos que despedían una frialdad despiadada. Me miraba indiferente, remangándose a medio antebrazo su chupa de cuero.
Me puse en pie tan rápido como pude y le lancé un puño directamente a la cara. Idiota de mí, eso era justo lo que él esperaba. Lo esquivó y me golpeó en el estómago, dejándome literalmente doblado. Como estaba, aún fui capaz de acertarle en el costado mientras intentaba cubrirme de mala manera. Mi ataque pareció ser completamente inefectivo. Acto seguido recibí una nueva hostia en la cara y una patada en cuanto caí al suelo.
Lo próximo que sentí fue cómo me agarraba de la sudadera y me arrastraba hacia un callejón cercano, donde me lanzó por el suelo y desapareció de mi vista. No había sido el tipo de refriega que esperaba. Intenté incorporarme, pero sentí una punzada de dolor en el torso; ¿una costilla rota? Era probable, en tal caso necesitaba una ambulancia, y para eso necesitaba saber dónde estaba exactamente. Comencé a arrastrarme penosamente hacia la salida del callejón con gemidos ahogados de dolor en cada pequeño movimiento que realizaba. Apenas había avanzado cinco metros cuando apareció de nuevo el hombre de la chupa de cuero, armado esta vez con una tubería de plomo. Un escalofrío de pánico recorrió todo mi cuerpo.
- No soy el hombre al que buscas – acerté a balbucear – soy...
No pude terminar la frase, pues el hombre me colocó el extremo de la tubería bajo la mandíbula, obligándome a cerrar la boca. Me encontraba de rodillas frente a mi verdugo sin fuerzas para moverme. Su cara reflejaba ahora una enigmática sonrisa que podía significar desde un “no mientas, sé que eres tú” hasta “me da igual quién seas, voy a matarte igualmente”. De cualquier manera estaba bastante jodido.
Era consciente de que había sido mi propia estupidez quien me había traído hasta aquí. Quería pedir perdón, quería amar a todo el mundo y no volver a sentir otra hebra de odio por mi cuerpo. Maldito hipócrita... ¿dónde estaban tus palabras sucias ahora?, ¿dónde quedaba el saltarse el acuerdo social? No importaba. Ahora sólo quería vivir.
El hombre, como escuchando mis palabras, armó el brazo con la tubería y lanzó el golpe de gracia.
Todo se mueve a cámara lenta. En este momento se supone que debería ver mi vida entera en un segundo. En vez de eso, mi mente parece empeñada en aprovechar sus últimos momentos funcionando al máximo. Me encuentro en un momento de completa hiperlucidez e hipersensitividad. Voy tan rápido que todo parece ir más lento.
Ver la tubería acercándose inevitablemente a partir mi cráneo en dos me lleva a la evidente conclusión de que en algún momento de la evolución el hombre fue por el camino equivocado. Deberíamos extinguirnos todos y que la vida comenzase de nuevo. Sin gente como yo. Sin gente como él. Sin gente.
Siento el fuerte hedor a nicotina de su chupa de cuero, el olor de la ciudad, tan acostumbrados a él que ya resulta imperceptible, y aderezado esta vez por un suave olor a guiso en alguna ventana cercana. Puedo sentir todo esto a pesar del sabor dulce y metálico de mi sangre en la boca que debería confundirme completamente.
El sonido de la ciudad, coches pasando ocasionalmente, los gritos aislados de algún borracho, música estridente a todo volumen en una ventana como última banda sonora, papeles arrastrados por el viento.
Todo está cercano, drásticamente cercano. El universo está concentrado en la superficie de mi piel, envuelve todos mis sentidos. Probablemente sea el momento más intenso de mi vida, apoteósico; sería maravilloso si no estuviese ya prácticamente muerto. Todo está cercano, trágicamente cercano.
La tubería está ya a escasos centímetros de mi cráneo. Tengo barro en la boca. Sé un hombre y no llores. Mis rodillas están entumecidas. La imagen de ella mirándome. El golpe me atraviesa, mi cráneo se fractura; me siento blando. Sus ojos otra vez. Sangre salpicando el suelo, el sonido es acompasado, la imagen debe ser una obra de arte. Mi cuerpo se desploma. Una paz inexplicable. Una barra de plomo cayendo sobre el suelo. Frío. Pisadas que se alejan velozmente. No respiro. Sirenas que llegan demasiado tarde. Áspero. Destellos. Pitido. Negro. Eco en las noticias de mañana.
Ehse
Me atragantaba con los recuerdos de una de las peores semanas que había tenido en los últimos meses, y media botella del peor de los whiskys no había conseguido diluir el grueso nudo de mi garganta. Las leyes no escritas de la frustración dictaban que ahora la culpa la tenía el mundo. Yo era un ente lleno hasta la médula de rencor, me dejaba cegar encerrado en una burbuja de hostilidad. Estoy seguro de que cuando alguien pasaba a mi lado podía sentir que el aire de mi alrededor estaba enrarecido por la enervación que ardía en cada poro de mi cuerpo. Mi odio podía olerse, y casi palparse desde kilómetros de distancia, y mi odio necesitaba verse satisfecho.
No digas que nunca lo has sentido; frustración incendiaria que hiere tus entrañas y que pide a gritos pegarte con otro ser humano. Hacer daño. Recibirlo. Ira que se justifica a sí misma. Destruir por el mero hecho de destruir.
Afortunadamente aún no estaba loco del todo, y decidí ser justo. No me lanzaría a una devastación sin sentido, no atacaría a quien aquella noche no estuviese también buscando violencia.
Detrás de cada sombra veía un perro con los dientes afilados esperando un descuido para morderme. El aire gélido me quemaba con sus caricias. Sentía asco del mundo. Odiaba el mundo, el mundo me odiaba a mí y yo me odiaba por pertenecer al él. Sentía esa presión en mis órganos. Náuseas. Dolor.
La vida es una enrevesada red de mentiras, y no podemos quejarnos, pues cada persona es un nudo más. Nos engañamos a nosotros mismos para ser más felices. Si tu vida no te gusta, te inventas una más bonita; y te la crees. Sin embargo necesitamos medios para proteger esa mentira. No puedes perpetuarla mucho más tiempo cuando alguien te escupe la realidad a la cara. Cuando alguien te grita que no es que tengas mala suerte en la vida, sino que eres gilipollas; que no eres tan buena persona como crees; que no eres listo, ni guapo, ni sabes manejar tus emociones; que eres superficial y completamente innecesario.
Por eso existe una especie de acuerdo no escrito entre las personas: Nos engañamos también entre nosotros, obviamos las mentiras ajenas para que nadie descubra el pastel de crema. Nos comemos la polla mutuamente, nos agasajamos hipócritamente para tratar de tapar con maquillaje el monte de estiércol.
Procuro saltarme el acuerdo, no acepto dar ni recibir, y mi castigo es el aislamiento; ser un insociable, un cabrón. Y me lo merezco, fui yo quien pidió que la crueldad de la vida me mease en la cara. La misantropía es la única opción cuerda. Odio la felicidad, las cosas que salen bien. No entiendo que la gente tenga derecho a sonreír ni ganas de hacerlo en un mundo que no es más que un vertedero convertido en laberinto para ratas.
Así andaba: buscando ser atracado, mirando de manera desafiante a todos los ojos con los que me cruzaba, suplicando que alguno de ellos me increpase preguntándome que qué coño estaba mirando. Sin embargo parecía que justo aquella noche, todos los chulos, los matones y los borrachos que buscan pelea a las tres de la mañana se habían quedado en casa. El destino es macabro y retorcido hasta límites insospechados.
Los suicidas, los yonkis, los poderosos déspotas y arrogantes... Todos ellos merecían todo el respeto que la sociedad les negaba. Huían del juego o jugaban con sus propias normas. No importaba, lo único importante era que ellos estaban fuera, riéndose de los mortales que no éramos capaces de levantar la cabeza. Quizá incluso la gente corriente mereciese más respeto que yo: ellos estaban metidos hasta el cuello, pero al menos en esencia se divertían. O eso parecía. Yo aborrecía el juego, pero me quedaba en él, en la sensación de seguridad que ofrecía. Nunca había tenido cojones para saltar, para huir de toda esa fealdad que me amargaba y se comía mi vida con fieros bocados. Hasta esa noche.
Y la noche me daba la espalda.
Había recorrido ya muchas calles. No comprendía cómo no había conseguido pelea aún. En cualquier otro momento me habría sentido invencible, pero no justo cuando buscaba demostrarme que no lo era. Nadie que camine con el puño en alto busca la redención.
Finalmente decidí darme la vuelta y encaminarme de nuevo a casa. El sentido común había movido los hilos del universo para dejarme fuera de juego. La noche había ganado. No era ni siquiera capaz de autodestruirme; frustrante. Recordé una película de Chaplin en la que este se negaba enérgicamente a que le dejasen salir de la cárcel porque su vida como preso era mucho más cómoda que como vagabundo. Los dos parecíamos igual de estúpidos a ojos de quien no conociese nuestros motivos.
Mientras andaba sumergido en estos pensamientos alguien agarró con firmeza mi hombro izquierdo y me obligó a detener la marcha. Intenté darme la vuelta en sentido horario, para quedarme cara a cara con él y a la vez obligarle a soltar mi hombro, pero me agarró con más fuerza.
- ¿Peckingham?, ¿Green Peckingham? – Dijo con una voz grave que apenas levantaba.
- No ¿Y tú? – Contesté desafiante. Tal vez aún hubiera esperanza para mí esta noche.
Sin responder nada, usó la mano con la que me mantenía agarrado para obligarme a dar media vuelta, y supongo que pegarme un puñetazo con la otra, pues un segundo después estaba en tendido boca abajo en el suelo chorreando sangre por la nariz y con la cara ardiendo. Al parecer la vida te recompensa cuando pierdes la esperanza.
Me ha pillado desprevenido, ahora le engancharé yo alguna, pensé para mis adentros mientras me limpiaba la nariz torpemente y levantaba la mirada para ver a mi adversario. Tenía frente a mí a un hombre más alto, fuerte, mayor y feo que yo. Su cara era inexpresiva, pero llena de cicatrices, como la de un veterano de guerra, con unos ojos que despedían una frialdad despiadada. Me miraba indiferente, remangándose a medio antebrazo su chupa de cuero.
Me puse en pie tan rápido como pude y le lancé un puño directamente a la cara. Idiota de mí, eso era justo lo que él esperaba. Lo esquivó y me golpeó en el estómago, dejándome literalmente doblado. Como estaba, aún fui capaz de acertarle en el costado mientras intentaba cubrirme de mala manera. Mi ataque pareció ser completamente inefectivo. Acto seguido recibí una nueva hostia en la cara y una patada en cuanto caí al suelo.
Lo próximo que sentí fue cómo me agarraba de la sudadera y me arrastraba hacia un callejón cercano, donde me lanzó por el suelo y desapareció de mi vista. No había sido el tipo de refriega que esperaba. Intenté incorporarme, pero sentí una punzada de dolor en el torso; ¿una costilla rota? Era probable, en tal caso necesitaba una ambulancia, y para eso necesitaba saber dónde estaba exactamente. Comencé a arrastrarme penosamente hacia la salida del callejón con gemidos ahogados de dolor en cada pequeño movimiento que realizaba. Apenas había avanzado cinco metros cuando apareció de nuevo el hombre de la chupa de cuero, armado esta vez con una tubería de plomo. Un escalofrío de pánico recorrió todo mi cuerpo.
- No soy el hombre al que buscas – acerté a balbucear – soy...
No pude terminar la frase, pues el hombre me colocó el extremo de la tubería bajo la mandíbula, obligándome a cerrar la boca. Me encontraba de rodillas frente a mi verdugo sin fuerzas para moverme. Su cara reflejaba ahora una enigmática sonrisa que podía significar desde un “no mientas, sé que eres tú” hasta “me da igual quién seas, voy a matarte igualmente”. De cualquier manera estaba bastante jodido.
Era consciente de que había sido mi propia estupidez quien me había traído hasta aquí. Quería pedir perdón, quería amar a todo el mundo y no volver a sentir otra hebra de odio por mi cuerpo. Maldito hipócrita... ¿dónde estaban tus palabras sucias ahora?, ¿dónde quedaba el saltarse el acuerdo social? No importaba. Ahora sólo quería vivir.
El hombre, como escuchando mis palabras, armó el brazo con la tubería y lanzó el golpe de gracia.
Todo se mueve a cámara lenta. En este momento se supone que debería ver mi vida entera en un segundo. En vez de eso, mi mente parece empeñada en aprovechar sus últimos momentos funcionando al máximo. Me encuentro en un momento de completa hiperlucidez e hipersensitividad. Voy tan rápido que todo parece ir más lento.
Ver la tubería acercándose inevitablemente a partir mi cráneo en dos me lleva a la evidente conclusión de que en algún momento de la evolución el hombre fue por el camino equivocado. Deberíamos extinguirnos todos y que la vida comenzase de nuevo. Sin gente como yo. Sin gente como él. Sin gente.
Siento el fuerte hedor a nicotina de su chupa de cuero, el olor de la ciudad, tan acostumbrados a él que ya resulta imperceptible, y aderezado esta vez por un suave olor a guiso en alguna ventana cercana. Puedo sentir todo esto a pesar del sabor dulce y metálico de mi sangre en la boca que debería confundirme completamente.
El sonido de la ciudad, coches pasando ocasionalmente, los gritos aislados de algún borracho, música estridente a todo volumen en una ventana como última banda sonora, papeles arrastrados por el viento.
Todo está cercano, drásticamente cercano. El universo está concentrado en la superficie de mi piel, envuelve todos mis sentidos. Probablemente sea el momento más intenso de mi vida, apoteósico; sería maravilloso si no estuviese ya prácticamente muerto. Todo está cercano, trágicamente cercano.
La tubería está ya a escasos centímetros de mi cráneo. Tengo barro en la boca. Sé un hombre y no llores. Mis rodillas están entumecidas. La imagen de ella mirándome. El golpe me atraviesa, mi cráneo se fractura; me siento blando. Sus ojos otra vez. Sangre salpicando el suelo, el sonido es acompasado, la imagen debe ser una obra de arte. Mi cuerpo se desploma. Una paz inexplicable. Una barra de plomo cayendo sobre el suelo. Frío. Pisadas que se alejan velozmente. No respiro. Sirenas que llegan demasiado tarde. Áspero. Destellos. Pitido. Negro. Eco en las noticias de mañana.
Ehse
viernes 25 de septiembre de 2009
Hipótesis 1
"La motivación de toda acción humana puede reducirse a una composición de deseo y miedo."
Ehse
miércoles 16 de septiembre de 2009
Hablando de aquello
Una buena conversación no termina nunca. Puede ser que se vicie y se convierta en un círculo sin fin ni nuevas ideas. Eso no significa que haya terminado. Una conversación no termina hasta que ambos interlocutores no quieren. Simplemente pasa que, como en cualquier otro proyecto, a veces es necesario alejarse de ella por un tiempo y dejarla reposar; obsesionarse en exceso puede llevar a una completa ofuscación. Después de una reflexión y una reordenación de las ideas se puede y debe retomar la charla. Los demás pueden enseñarnos muchas cosas, pero debemos aprenderlas por nuestra cuenta.
Una noche de principios de verano inicié con una amiga una de estas conversaciones. Por desgracia entre el alcohol y la divergencia de opiniones se formó una atmósfera de incomprensión mutua. Recuerdo que había algunos puntos en los que esencialmente estábamos de acuerdo y sin embargo también discutíamos sobre ellos. Nos habíamos anclado en un punto muerto donde lo único nítido era la desavenencia. Finalmente decidimos apartar el tema y volver con los demás.
El otro día, sin embargo, volví a acordarme de ella, y por ser un tema bastante interesante, decidí retomar aquellas ideas.
¿Existe el amor verdadero? Sí, en eso estábamos los dos de acuerdo. Existen de hecho todos los ideales y sentimientos: la justicia, la libertad, la felicidad... y, al menos en el caso del amor, existe un absoluto, un máximo. Éste es inmedible, pero comparable con el resto de grados.
La divergencia de opiniones llegaba cuando yo sostenía que este máximo es completamente inalcanzable. Bien, rectifico, quizás no lo sea completamente, pero sí para la mayoría de las personas y la concepción actual de las cosas. El impedimento básico somos nosotros mismos. Y el miedo.
Todos queremos ganar, pero tenemos miedo a perder después. Tenemos miedo a exponer parte de nuestra alma, porque eso nos hace muy vulnerables, y probablemente la mayoría ya hemos experimentado las cosecuencias de ser vulnerable cuando no se debe. Las personas tienen miedo a abrirse completamente, pero también tienen miedo a quedarse sin nada, al fracaso, a la soledad. Preferimos ser precavidos, agazaparnos con las orejas gachas para ver qué ocurre y tal vez lanzarnos después; evidentemente este salto rara vez se produce.
Vivimos en la cultura del acojone constante, del vértigo emocional. Por eso no nos entregamos completamente. Cuando alguien consigue una pizca de sentimiento, se aferra a ella y se conforma con eso. Todo lo que somos capaces de sentir oscila entre unos valores más o menos elevados y generalmente en constante cambio, pero que jamás llegan a aproximarse al absoluto.
A veces me he llegado a preguntar si esta actitud no ha derivado en un patológico y general miedo al éxito, a la felicidad; no vaya a ser que nos la quiten, mejor nos conformamos con lo que tenemos.
No me cansaré de repetirlo, existe el amor y existen las migajas, nos han enseñado a conformarnos con ellas, nos hemos acostumbrado a amoldarnos a ellas y nos autosugestionamos para creernos que son reales, que no vamos a encontrar nada mejor. Nos peleamos por conseguir una y cerramos los ojos ante la posibilidad de que exista otra mejor. Porque es lo más sencillo.
Mucho más sencillo que desgarrarse y volver a recomponer el alma cuantas veces sea necesario; es mucho más sencillo quedarnos con lo que tenemos asegurado que luchar por lo que en realidad nos merecemos; es mucho más sencillo permanecer donde estamos que arriesgar la cordura por conseguir un poco más. Es mucho más sencillo amoldarse al gregarismo que buscarse a uno mismo con la posibilidad de perderse o encontrar algo que no nos guste.
No hemos sabido entender la ambición. Deberíamos haberla usado para ser mejores personas, y sólo hemos buscado la motivación económica.
Todo eso es mucho más sencillo, pero no es solución. Es un simple parche, y una vez que lo sabes ya no puedes conformarte con vivir a medias, no puedes ser feliz tomando el camino fácil.
Sólo cuando aceptes que el amor no es solamente la parte bonita que te venden en Hollywood, sino también el dolor, el desengaño y el amargo sinsabor que te impregna toda el alma. Cuando aprendas a no ser correspondido. Cuando descubras que los fallos rara vez significan fracasos. Cuando aprendas a estimar toda esa parte de tu persona que solo florece cuando te quiebras. Cuando comprendes el delicado y sublime porceso de la ruptura de de un corazón y sabes aceptarla serenamente, encontrar tu propio reflejo dentro de ella y reconocerte entre las cenizas; entonces desaparece el miedo, desaparece el vértigo, y serás libre para amar siempre de manera infinita.
Ehse
Una noche de principios de verano inicié con una amiga una de estas conversaciones. Por desgracia entre el alcohol y la divergencia de opiniones se formó una atmósfera de incomprensión mutua. Recuerdo que había algunos puntos en los que esencialmente estábamos de acuerdo y sin embargo también discutíamos sobre ellos. Nos habíamos anclado en un punto muerto donde lo único nítido era la desavenencia. Finalmente decidimos apartar el tema y volver con los demás.
El otro día, sin embargo, volví a acordarme de ella, y por ser un tema bastante interesante, decidí retomar aquellas ideas.
¿Existe el amor verdadero? Sí, en eso estábamos los dos de acuerdo. Existen de hecho todos los ideales y sentimientos: la justicia, la libertad, la felicidad... y, al menos en el caso del amor, existe un absoluto, un máximo. Éste es inmedible, pero comparable con el resto de grados.
La divergencia de opiniones llegaba cuando yo sostenía que este máximo es completamente inalcanzable. Bien, rectifico, quizás no lo sea completamente, pero sí para la mayoría de las personas y la concepción actual de las cosas. El impedimento básico somos nosotros mismos. Y el miedo.
Todos queremos ganar, pero tenemos miedo a perder después. Tenemos miedo a exponer parte de nuestra alma, porque eso nos hace muy vulnerables, y probablemente la mayoría ya hemos experimentado las cosecuencias de ser vulnerable cuando no se debe. Las personas tienen miedo a abrirse completamente, pero también tienen miedo a quedarse sin nada, al fracaso, a la soledad. Preferimos ser precavidos, agazaparnos con las orejas gachas para ver qué ocurre y tal vez lanzarnos después; evidentemente este salto rara vez se produce.
Vivimos en la cultura del acojone constante, del vértigo emocional. Por eso no nos entregamos completamente. Cuando alguien consigue una pizca de sentimiento, se aferra a ella y se conforma con eso. Todo lo que somos capaces de sentir oscila entre unos valores más o menos elevados y generalmente en constante cambio, pero que jamás llegan a aproximarse al absoluto.
A veces me he llegado a preguntar si esta actitud no ha derivado en un patológico y general miedo al éxito, a la felicidad; no vaya a ser que nos la quiten, mejor nos conformamos con lo que tenemos.
No me cansaré de repetirlo, existe el amor y existen las migajas, nos han enseñado a conformarnos con ellas, nos hemos acostumbrado a amoldarnos a ellas y nos autosugestionamos para creernos que son reales, que no vamos a encontrar nada mejor. Nos peleamos por conseguir una y cerramos los ojos ante la posibilidad de que exista otra mejor. Porque es lo más sencillo.
Mucho más sencillo que desgarrarse y volver a recomponer el alma cuantas veces sea necesario; es mucho más sencillo quedarnos con lo que tenemos asegurado que luchar por lo que en realidad nos merecemos; es mucho más sencillo permanecer donde estamos que arriesgar la cordura por conseguir un poco más. Es mucho más sencillo amoldarse al gregarismo que buscarse a uno mismo con la posibilidad de perderse o encontrar algo que no nos guste.
No hemos sabido entender la ambición. Deberíamos haberla usado para ser mejores personas, y sólo hemos buscado la motivación económica.
Todo eso es mucho más sencillo, pero no es solución. Es un simple parche, y una vez que lo sabes ya no puedes conformarte con vivir a medias, no puedes ser feliz tomando el camino fácil.
Sólo cuando aceptes que el amor no es solamente la parte bonita que te venden en Hollywood, sino también el dolor, el desengaño y el amargo sinsabor que te impregna toda el alma. Cuando aprendas a no ser correspondido. Cuando descubras que los fallos rara vez significan fracasos. Cuando aprendas a estimar toda esa parte de tu persona que solo florece cuando te quiebras. Cuando comprendes el delicado y sublime porceso de la ruptura de de un corazón y sabes aceptarla serenamente, encontrar tu propio reflejo dentro de ella y reconocerte entre las cenizas; entonces desaparece el miedo, desaparece el vértigo, y serás libre para amar siempre de manera infinita.
Ehse
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