Subo las escaleras atropelladamente, tropezándome en bastantes escalones y chocándome contra muchas de las personas que en ese momento pasan por cada uno de los 22 rellanos que hay hasta el despacho. Por el camino pierdo la gran mayoría de los cientos de papeles que llevaba entre las manos. Ahora la escalera está llena de folios que planean con un movimiento pendulante pero siguiendo cada uno una trayectoria propia, única y mágica hasta llegar al suelo, como si acabase de pasar una alocada cabalgata con confetis gigantescos.
Afortunadamente sigo conservando férreamente agarrado entre mis manos el único papel en el que había algo importante, así que, sin detenerme un solo segundo, atravieso fugaz el pasillo y entro enérgicamente en la habitación de la izquierda. “¡Señor Dillmore!” – Digo a una joven que hay tras una mesa mientras trato de recuperar el aliento -“¡Señor Dillmore! Disculpe el retraso”.
La joven me dirige una mirada de incredulidad a través del cristal de sus gafas y se presenta como la secretaria del señor Dillmore; acto seguido me informa de que no solo no me he retrasado sino que llego dos horas y media antes de lo esperado. Me siento a esperar en un pequeño sofá de la sala mirando de reojo a Dillmore, que desde que dice ser su secretaria me está provocando una creciente atracción sexual. ¿Será la ausencia de bigote o el famoso morbo futuro jefe – futuro empleado?
Pasé las dos horas y veintinueve minutos siguientes leyendo una y otra vez el impreso importante y haciendo una gigantesca flota de mini-barquitos de papel con el resto de los folios que habían sobrevivido a mi tempestuosa subida por las escaleras.
Por fin llegó el momento y el señor Dillmore en su papel de secretaria me hizo pasar al despacho del señor Dillmore en su papel del señor Dillmore. Llamo con tres golpes sobre la puerta, giro el picaporte y entro en la estancia.
Levemente recostado sobre la silla del escritorio del despacho, sudoroso, con un puro en la mano izquierda, panza y bigote estaba el señor Dillmore en la piel en la que estaba acostumbrado a verle. No tardaron en esfumarse todas mis fantasías sexuales.
Me ofreció asiento con una sonrisa, el cual acepté gustosamente, mientras sacó dos vasos con hielo y escanció whisky en ellos; después vació ambos en su estómago sin ni siquiera respirar entre medias. – Es que hay que estar borracho para leer uno de sus relatos – dijo como excusa medio en broma medio en serio – Déjame leer lo que me has traído –. Extendió una mano y cogió el papel que sostenía yo con la mía. Mientras leía daba caladas a su puro haciendo que su cara se iluminase con una luz rojiza y soltando bocanadas de humo que iban a morir entre las aspas del ventilador del techo.
- ¿Y dices que el relato se llama "bajo el agua"? Un poco soso, ¿no te parece?
Yo me quedé callado, esperando una crítica más sustancial.
- El caso es que no creo que esta editorial pueda publicarte esto; no me malinterpretes, no es por el título, es simplemente que no creemos que estés capacitado para escribir cosas que puedan reportar dinero a nuestra empresa, a decir verdad, no creemos que estés capacitado para escribir nada en general. Sin embargo, sabemos que te hacía mucha ilusión publicar tus relatos en algún sitio, así que hemos decidido hacer una pequeña inversión y abrirte un blog para que puedas auto-publicarte y dejar de manchar mi alfombra con tus lágrimas.
Y fue así, y no de otra manera como comencé mis andadas como blogger en El Hombre de la Sonrisa Eterna. Si os cuento esta historia justo hoy, es porque es el día en que se cumple exactamente un año y un día desde la primera publicación. Para celebrarlo he decidido, a parte de vaciar una botella del champagne más caro que he sido capaz de encontrar, en honor a mis lectores, hacer un poco de memoria y recordar por todo lo que he pasado estos últimos 366 días:
-Me he sumergido en agua para huir de las moscas que habitan en mi cabeza.
-He desvelado los misterios de la crisis económica hasta el más mínimo detalle, llegando a dilucidar los empleos donde menos se liga y a plantearme el oficio de escritor.
-Una mañana Dios vino a darme los buenos días y a revelarme interesantes datos acerca de su existencia.
-Comiendo un simple bocadillo he acabado enfrentándome contra La Empresa.
Además,como bonus, también tengo un compendio de algunas de las frases más curiosas que ha buscado la gente en Google durante todo el año con las que acaba llegando hasta este blog:
-“Una historia de sxo” Y es que el ansia puede más que la ortografía
-“como empezar un prólogo”
-“bola de mierda and escarabajo”
-“historiadesexo” Es un hecho científico que resulta imposible teclear espacios con el manubrio en la mano
-“definicion de barle”
-“hombre en accion sex”
-"omisirac" Esta nunca falla.
-“srxo accion”
-“hormona que tiene el escarabajo”
-“guillermo pavon gray”Realmente inquietante si se piensa con una mente demasiado imaginativa)
-“matones a sueldo y telefonos” Solo espero que no sea el mismo que buscaba mi nombre.
-“como matar a un elefante rosa” Colocado de LSD, supongo.
-Algunas más también relacionadas con el sexo, especialmente con hombres en acción.
A raíz de estos resultados hemos decidido desde la redacción de El Hombre de la Sonrisa Eterna que la próxima campaña de marketing consistirá en una lista de todas las palabras del castellano que tengan relación (por estrecha que esta sea) con el mundo del sexo, la pornografía o el erotismo, además de sus variaciones con las faltas de ortografía más comunes entre los pajilleros hispanohablantes.
En el fondo todo este proceso resultaba absurdo. Obviado el hecho de que probablemente me encontraba en uno de los problemas más serios que había tenido en bastante tiempo, podría haber sido incluso cómico, me habría sentido con fuerzas para estallar en carcajadas en cualquier momento.
Mi situación era ligeramente complicada. Por un lado la acusación no disponía de ningún tipo de pruebas, era su palabra contra la mía; por otro lado, dadas las circunstancias mi palabra no valía absolutamente nada. Mi abogado, viendo la débil situación mental de la que gozaba en aquel momento, y, como si hubiese leído mis pensamientos, me tranquilizó diciéndome que no debía preocuparme, que mientras no la volviese a cagar todo saldría bien y no tendría que pasar por la cárcel. Cuando pronunció aquellas palabras no pude evitar acordarme de mi antiguo compañero de calabozo y preguntarme si el abogado las había pronunciado con el cerebro o con la piedad.
Se levantó de su asiento y tocó dos veces en la puerta, que fue abierta por un uniforme distinto al que me había traído a la habitación. Mi abogado se despidió de mí y el uniforme y un compañero suyo me guiaron de nuevo hacia mi celda. Mi antiguo compañero ya no estaba en ella. Olvidé que aquel completo desconocido podría ser en realidad un hijo de puta sin escrúpulos y deseé en mi fuero interno que todo le estuviese yendo bien.
Demasiado cansado como para pensar en otra cosa me recosté sobre el colchón y al punto creí quedarme dormido. Recuerdo aquella noche como un cúmulo de pesadillas, vueltas en la cama, duermevelas y sobresaltos. A pesar de que no había un excesivo ruido ni la cama era demasiado incómoda (aunque las luces sí eran demasiado intensas para mi gusto), desperté con la sensación de haber estado un día entero entre las sábanas y haber dormido poco más de una hora.
Poco después de despertarme, dos uniformes de policía a los que no había visto hasta ahora me ofrecieron como desayuno un plato de arroz a la cubana. Mientras comía, me dieron un traje, que según decían me prestaba mi abogado, me dejaron unos minutos para ducharme, enjuagarme los dientes y vestirme. En cuanto me hube disfrazado, me escoltaron hasta un coche que me llevó hasta el juzgado. Una vez allí me condujeron hasta mi abogado quien, después de saludarme me señaló el lugar que debía ocupar en la sala. No sonrió esta vez; de hecho, aparte de la sonrisa que me dirigió en nuestro primer encuentro, no recordaba haber visto ninguna otra desde el incidente que me había traído hasta aquí. Me pregunté quién dominaba ahora, si era el hombre o su traje.
Me senté cabizbajo en el lugar que se me había designado. No miré atrás, en buena parte por miedo a lo que sabía que iba a encontrarme, pues sin girar la cabeza era capaz de sentir cientos de miradas clavándose con furia en mi nuca.
Entró una túnica en la sala con un juez dentro. Se hizo el silencio y todos los asistentes nos pusimos en pie, no pudiendo sentarnos hasta que la túnica no lo hizo. Entonces comenzó un largo proceso judicial en el que pronto perdí la pista de lo que estaba sucediendo. Entraban y salían personas constantemente, se subían al estrado y testificaban o se arrojaban cifras, citas y fechas unos a otros, después rebatían todo lo anterior y volvían a arrojarse argumentos. Era como una encarnizada batalla dialéctica, pero donde reinaba un orden impuesto por el juez y una ilusión de mutuo respeto entre los contendientes.
Como he dicho, pronto perdí completamente el hilo de lo que ocurría en aquella sala. A mi parecer se debatían asuntos que poco tenían que ver con el que yo hubiera cometido un delito; de hecho, solo me habían hecho hablar una vez, para responder si estaba yo en el lugar de los hechos y si había pronunciado las palabras que había pronunciado. Mis respuestas fueron dos afirmaciones, y sin dejarme hacer o decir nada más, me devolvieron a mi silla vacía.
Pronto todo aquello comenzó a parecerme excesivamente monótono y carente de sentido, me abstraje para debatir conmigo mismo sobre qué debía hacer a continuación. Había pensado en anteponer mi orgullo por encima de todo y reafirmarme en mis palabras para quedar como un héroe repudiado por una sociedad enferma, desquiciada y equivocada, pero héroe al fin y al cabo para todo el que tuviese un mínimo de sentido común, y, de hecho, esa es la versión que cuento de cara al público, especialmente femenino, pero por supuesto la realidad es bien distinta.
Cuando mi abogado pidió que volviera a subirme a la tarima a prestar declaración de nuevo y responder a sus preguntas me bajé los pantalones: pedí perdón a todos los asistentes y en general a todas las personas a las que hubiera ofendido, supliqué que se me excusase por mi desafortunado comentario y mi poco conocimiento de la estructura, las leyes y las normas de buena educación que rigen el país y rogué que mis palabras tuviesen cabida en sus corazones y que ojalá sirvieran como una pequeña redención. Después volví a mi sitio y ellos volvieron a arrojarse argumentos, cifras, fechas y citas durante otro rato que se me antojó infinito.
Por fin la sala quedó en silencio, y fue precisamente la ausencia de ruido la que me despertó del letargo en el que estaba sumido. Los trajes del jurado entraron en una salita adyacente a discutir sobre mi futuro y los asistentes comenzaron a salir ordenadamente al pasillo para relajarse mientras se decidía el veredicto. Yo me quedé en mi sitio, tenía miedo de darme la vuelta y mirar a la gente a la cara. De momento, con toda la parafernalia del juicio habían conseguido que me considerase un verdadero delincuente, que me sintiese culpable de un crimen que nunca se me habría ocurrido que pudiera serlo.
Pasó el tiempo, y la sala volvió a llenarse. Existía un veredicto plasmado en una hoja de papel que fue dejada en un sobre sobre la mesa del juez. Estaba a cinco pasos del papel que podía cambiarme la vida y no podía leerlo. La impotencia se manifestó con un nervioso mirar a mi alrededor, como buscando una respuesta en el mobiliario o en las paredes.
Entró la toga del juez, todos nos levantamos; se sienta, todos nos sentamos. Los segundos pasan lentos, parece que se demora en cualquier tontería antes de abrir el sobre. Pide orden, se alisa el traje, comprueba que está todo el mundo en la sala, coge el sobre, abre el sobre, se pone las gafas, se las quita, las limpia y se las vuelve a poner, se moja los labios con la lengua, saca el papel, lo lee, se pasa una eternidad leyéndolo; por fin retransmite en voz alta su contenido a todos los de la sala. El veredicto consiste en una serie de números que para mi no tienen sentido alguno.
Cuando acaba, miro inquisitivamente a mi abogado, esperando que me revele el misterioso significado de aquellas cifras. Según me cuenta, es una especie de código, en el cual la primera parte de cada número está asociada al delito del cual se me acusa y la segunda parte a la condena que tengo que cumplir. En el mi caso, esta condena consiste en abandonar el país sin posibilidad de volver durante dos años, además de una multa que, sin llegar a ser excesivamente desorbitada, era mucho más alta de lo que yo podía pagar. La idea de ser expulsado me pareció sin embargo más un alivio que un castigo, era algo que, de todas formas, habría hecho voluntariamente nada más acabar el juicio. En cuanto a la multa, tuve que llamar a un amigo de Madrid para que me prestase auxilio económico.El primer y único empleo estable que tuve durante aquel gran viaje fue para devolver lo que le debía.
Después del juicio devolví el traje al abogado, y me despedí efusivamente de él, agradeciéndole todo lo que había hecho por mí. Recuperé mis exiguas pertenencias, y sin ceremonia alguna fui de nuevo escoltado por dos uniformes de policía hasta la frontera, donde el autostop y el don de gentes me ayudaron a parar un coche que me llevara hasta un nuevo lugar que se convertiría en el próximo capítulo de este viaje.
Mi expresión pasó de la incredulidad al pánico. Mi mirada volaba rápidamente de un punto a otro mientras que mis pupilas dilatadas escaneaban todo lo que entraba en su campo de visión, como si en efecto la solución estuviese mágicamente encriptada en algún lugar de la sala, cuando en realidad sospechaba cada vez con mayor fuerza que pensar en la posibilidad de que existiera una vía de escape era un exceso de confianza en la suerte bastante inmaduro por mi parte.
Mi abogado seguía hablándome, pero yo no oía nada. Mi moral se derrumbó de tal manera que, si no hubiera habido una silla sujetándome, me habría hundido varios metros bajo el suelo. Sabía que el hombre queestaba frete a mí pretendía ayudarme de veras, pero a pesar de sus esfuerzos me sentía como un niño: frágil, solo y desvalido.
La única posibilidad pasaba por recuperar el ánimo. Si durante toda mi vida había tenido fuerzas para seguir viviendo sin encontrar una lógica o un sentido para ello, si desde que tenía uso de razón había vencido a la desesperanza de los múltiples ataques de un nihilismo pesimista; debía ser capaz de presentar una y cien batallas perdidas de antemano.
Tras mi pequeña auto-arenga permanecí aún varios segundos ausente en mi agujero negro. Poco a poco fui dejando escapar la luz y volví a ver los colores, volví a escuchar los sonidos; las palabras de mi abogado dejaron de ser inertes y comencé a prestarles una devota atención.
En aquel momento me ponía al corriente de algunas leyes y costumbres de aquella región de las que evidentemente tenía que haberme enterado antes de entrar en la ciudad. Intenté explicarle que uno de los objetivos de viajar era conocer una cultura in situ, tras lo cual él se limitó a asentir levemente sin ni siquiera mirarme, restando importancia a las palabras de un niño que no sabía nada de la vida y continuó hablando.
Me contó cosas sobre La Empresa, me dijo que era exactamente lo que indicaba su nombre, era la única empresa en el lugar, y se dedicaba a absolutamente todo. Estaba dividida en miles de pequeños departamentos que producían, gestionaban y distribuían todo lo que el país necesitaba. No existían otras empresas ni organizaciones, ni siquiera tiendas o pequeños comercios; todo el mundo estaba de acuerdo en que había una organización más eficiente cuando todo estaba supeditado al mismo organismo. Crear un negocio independiente era como iniciar un pequeño foco de caos, lo cual además de inútil era ilegal.
Con el paso del tiempo incluso las organizaciones públicas o sin fines comerciales fueron también absorbidas por La Empresa. Servicios como el de correos, televisión, bomberos, la policía o la sanidad habían sido desplazados al sector privado paulatinamente. En todos los casos había ocurrido lo mismo: La Empresa fijaba un objetivo, ofrecía un servicio paralelo al público pero más rápido, más eficiente y con mejores medios, lo que provocaba un desplazamiento de los consumidores a la nueva prestación, y finalmente el servicio público desaparecía por abandono y su lugar era ocupado por el servicio de La Empresa, quien reajustaba los precios para hacerlo rentable.
Esto mismo es lo que estaba ocurriendo en este momento con el sector de la abogacía, así que aunque tener abogado se consideraba casi obligatorio, La Empresa aún contaba con el hecho de que no todo el mundo tenía o podía permitirse uno, y seguía contemplando la posibilidad de ofrecer uno de oficio, como en mi caso. Sin embargo, debía considerarme afortunado, pues se trabajaba a pasos agigantados para eliminar esta posibilidad y promover la falta de abogado propio como delito.
Dentro del sistema se generaban curiosidades bastante sorprendentes. Por ejemplo, habían desaparecido también los partidos políticos convencionales. Es cierto que existían unas elecciones y por tanto una especie de democracia, pero quienes se presentaban a estas eran partidos interinos de La Empresa, todos ellos pertenecían a la circunscripción de política, y dentro de ella cada partido era un nuevo departamento, como el departamento de derecha moderada o el departamento de centro izquierda, que gobernaba actualmente. Por supuesto esto era del todo inútil, en primer lugar porque todos los departamentos tenían unas ideas bastante similares, y en segundo porque el presidente del gobierno tenía un poder mucho más limitado que su homólogo de La Empresa. Algo idéntico ocurría con los sindicatos.
También resultaba muy curioso el hecho de que existiesen negocios que la circunscripción de justicia consideraba ilegales pero que en la práctica pertenecían a La Empresa. Así, había departamentos de venta callejera de diferentes drogas u otros que se ocupaban de las ventas de segunda mano o mercadillos, actividades ilegales pero ante las que el cuerpo de seguridad hacía la vista gorda o, como mucho, arrestaba durante algunas horas a quien abusase demasiado de estas pequeñas libertades.
Finalmente, se llevó a cabo un consenso entre sindicatos y los diferentes departamentos de recursos humanos para catalogar a cada ser humano como producto perteneciente a La Empresa de forma que ésta pudiese disponer de cada persona cuando y como mejor lo considerase, si bien aún existían algunas pequeñas cláusulas para salvaguardar al trabajador de abusos indiscriminados. De este modo la expresión recursos humanos se llevaba a todo su esplendor.
Perjurar contra La Empresa era, pues, perjurar contra todas y cada una de las personas que vivían en aquel país. Les había insultado a todos, había criticado la estructura intrínseca de su sociedad y había atacado abiertamente su ortodoxo modo de vida.
Era un delito serio y estaba potenciado por unos agravantes que, según mi abogado podrían aumentar la condena hasta el punto de doblarla. Estos agravantes eran, a saber, ser extranjero, de nivel socioeconómico bajo y estéticamente poco agraciado. Me extrañó que no incluyese también el hecho de ser joven, pero supongo que los señores que fabrican las leyes también tienen hijos.
Pedí una explicación un poco más detallada del por qué de estos agravantes, aunque ya me imaginaba por dónde irían los tiros, y al final se demostró que no andaba yo tan desencaminado. Todo extranjero – y esto era una obviedad indudable para cualquier ciudadano del país – tenía, estadísticamente, muchas más posibilidades que un foráneo de ser un delincuente. Esta afirmación se sostenía en que era completamente ilógico atentar de cualquier manera contra un compatriota, en primer lugar porque existían lazos patrióticos entre esas dos personas, y en segundo porque atentar contra alguien era atentar contra La Empresa, a la cual el infractor también pertenecía, con lo cual era una manera de hacerse daño a uno mismo. Es cierto que a pesar de esto existían delincuentes de toda clase que eran además interinos de La Empresa, pero los extranjeros ganaban siempre en número.
Algo parecido ocurría con lo de ser de nivel socioeconómico bajo, sólo una persona desesperada actúa de manera irracional, nadie en su sano juicio se arriesgaría a perder una posición estable y a malgastar su vida en prisión. Por esto mismo, cuanto mayor fuese el nivel económico de un presunto delincuente, se observaba su caso con mayor cuidado y detalle, pues probablemente habría alguna razón de peso para ello que serviría de atenuante.
Tuve que pedir, sin embargo, una explicación más detallada acerca del agravante por ser estéticamente poco agraciado. “¿Es que en este país no existen feos?” – le pregunté. “Bueno, para eso existe la cirugía estética, sería de mala educación mostrar a los demás un físico con un alto número de imperfecciones cuando existe una solución que puede evitarlo” – me respondió secamente – “Por otra parte no debería usar la palabra feo, puede resultar ofensivo a algunos sectores de la sociedad”.
Quise haberle preguntado por qué yo tampoco podía usar la palabra feo cuando yo pertenecía al colectivo de personas que podían sentirse ofendidas. Del mismo modo que debería poder decir que todos los jóvenes viajeros que por no conocimiento de algunas leyes de otros países se encuentran en un calabozo pendientes de juicio somos unos inútiles de mierda, debería poder usar la palabra feo libremente, debería poder expresar que el no hacerlo me parecía una auto-ofensa, como si ser feo fuese algo de lo que tuviera que avergonzarme, pero no abrí la boca. En cierto modo era ese pequeño miedo a que me acusasen de un nuevo cargo (“reincidencia en ataques verbales a personas con discapacidad estética”) pero en gran medida fue también que estaba cansado, hastiado de todo aquel proceso, llevaba muchas horas despierto sufriendo de un estrés mucho mayor al que estaba acostumbrado y eso me agotaba desmesuradamente. Ya no tenía ganas de hacer justicia ni revindicar derechos que consideraba fundamentales. Simplemente necesitaba salir de allí, acabar con esto de la forma más rápida posible. Desde aquel momento me limité a tratar de comprender lo más posible las palabras de mi abogado y asentir cuando lo viese necesario. Tendría el juicio al día siguiente.
Poco a poco, el cansancio y el abuso de información en mi mente hicieron que esta se distrajese y se abstrajese de la realidad. Mi cabeza llevaba un ritmo propio, distinto, ya no se posaba sobre las cosas lógicas, escuchaba la verborrea del abogado y hacía musiquitas infantiles con cada palabra, posiblemente en un desesperado intento por mantener la atención, e intentaba extraerle un significado a un inmenso todo que resultaba cada vez mas difuso. Finalmente acabó por perder completamente la concentración, las palabras sonaban como música de fondo y yo me distraía con mis propios pensamientos, recreando de diferentes maneras la escena que me había traído hasta aquí.
En ella, algunas veces me callaba y no decía nada que hubiera podido incomodar al traje que llevaba el maletín. Otras veces decía otra respuesta cortante e ingeniosa pero que no ofendía en modo alguno a La Empresa. Pero las mejores ensoñaciones venían sin duda cuando yo decía algo incluso peor, soltaba un pequeño discurso en el que ponía verde los medios y las actuaciones de La Empresa que era escuchado por bastantes transeúntes que pasaban por allí en aquel preciso instante y, cuando llegaban los uniformes de la policía, yo salía corriendo entre la muchedumbre y los edificios y conseguía huir de ellos como un adalid le la libertad de expresión que acababa de abrir decenas de mentes.
Nota: Por su elevada longitud para ser un relato corto, el siguiente texto ha sido repartido en tres entregas. Sin embargo, la historia no ha sido concebida para ser divida en capítulos, por tanto, disculpad si las divisiones entre las partes resultan un poco abruptas. Las partes dos y tres saldrán dentro de cinco y diez días respectivamente.
Hace algunos años, me dí cuenta de que mi vida se me escapaba de las manos, se consumía lentamente como un cigarrillo y yo sólo podía ahogarme con el humo y quedarme a observar las cenizas. Me dí cuenta de que mi entorno amenazaba con asfixiarme sin dejar más rastro de mi volátil existencia que un cuerpo inerte flotando sobre el negro residuo de las chimeneas industriales. Me dí cuenta de que lejos de poder comerme el mundo, la vida se me atragantaba; pero afortunadamente de todo esto me dí cuenta a tiempo, y también supe aprehender a tiempo que era un problema que debía solucionar pronto.
Sin más despedida que una simple nota y sin más equipaje que una mochila con lo mínimo imprescindible, me subí en el tren de las 9:51 y comencé un viaje dedicado a recorrer el máximo número posible de países con el mínimo presupuesto. Durante aquellos largos meses viví precariamente, durmiendo en albergues la mayoría de las veces, pero mi almohada también conocía el interior de los cajeros, los bancos de mil parques e incluso la frialdad de muchas baldosas con paredes de cartón. Me desplazaba generalmente en auto-stop, aunque en muchas ocasiones conseguía viajar en trenes sin billete alguno, o de polizón en barcos y ferrys. En contadas ocasiones, llegué también a hacer algún trabajillo corto cuando andaba falto de fondos. Comía cuando y donde podía, nunca me las ingenié del todo mal, y supongo que gracias a eso muy pocas veces tuve que recurrir a las basuras y contenedores como fuente de alimentos. En general llegué a ser genuinamente feliz, pude conocer a mucha gente, y lo que es mejor, a muchas personas, y viví mil historias increíbles.
En una de las etapas de este viaje, amanecí en un lugar de cuyo nombre guardo un mal recuerdo. El día se presentaba sin embargo engañosamente espléndido; el tiempo era inmejorable y me encontraba sentado en un banco cercano a un parque, comiendo un bocadillo y bebiendo agua de una fuente adyacente.
En esto se me acercó un impecable maletín de cuero adornado con una impoluta corbata de seda de la cual colgaba un ejecutivo. Fue este último quien, tras mirarme de arriba abajo, me habló diciendo que si trabajase para La Empresa, podría comer mucho más dignamente. Yo no sabía qué era “La Empresa”, pero recordando una famosa anécdota sobre Diógenes que se desarrollaba de manera muy similar, le dije que si él aprendiese a comer precariamente no tendría que empeñar su tiempo y su orgullo rompiéndose el culo para La Empresa.
En la historia original, el hombre que preguntaba se iba negando con la cabeza y Diógenes quedaba como un genio rozando la categoría de deidad para unos, y como un pobre capullo para otros, pero no llegaba a ir más lejos que una simple anécdota, y todos contentos.
En mi caso, la chaqueta de la que colgaba el maletín sacó de uno de los bolsillos un teléfono móvil y llamó a la policía. Mientras llegaban las fuerzas de seguridad me pidió que fuésemos intercambiándonos los datos del abogado para ir ahorrando tiempo. Recuerdo aquel momento por la extrema frivolidad con la que sucedía: me trataba con una sonrisa y mucha cortesía, como si no ocurriese nada, pero también sin un rastro de amabilidad, después de todo yo no era más que un vagabundo y un criminal. Obviamente le dije que no tenía ningún abogado y que de todas formas no era de por allí; más tarde me enteraría de que salir del portal de casa sin abogado era como conducir sin seguro.
Esperaba que, sencillamente, cuando llegase la policía, entre todos aclararíamos esto hablando y así podría terminar mi bocadillo en paz. Ocho minutos después me encontraba esposado en el asiento trasero de un coche con luces rojas y azules sin opción a explicarme y sin saber cómo había llegado hasta allí; tras otros doce minutos, una puerta con barrotes se cerraba chirriante, dejándome confinado en una celda de cuatro o cinco metros cuadrados.
Echando un vistazo desde la puerta, las paredes de izquierda y derecha y la que tenía detrás eran rejas de barrotes blancos y gruesos. La pared del fondo, sin embargo, era un muro de piedra a lo largo del cual se extendía una única cama. Me senté tímidamente a los pies la misma. En el otro extremo un hombre pocos años más mayor que yo dormitaba, también sentado, con la cabeza recostada sobre la fría pared, despertándose de vez en cuando para susurrar frases como “yo no lo hice” o “no fue culpa mía” entre leves sollozos.
Yo mantenía la calma, en ningún momento pensé en resistirme, tal vez me había pasado un poco con la expresión “romperse el culo”, pero no había cometido ningún delito, no había hecho nada malo, sólo estaba aquí por culpa de la histeria de un paranoico, y sólo lo estaría hasta que se solucionase el malentendido. A fin de cuentas no me importaba tanto pasar una jornada allí encerrado, nunca había estado en la cárcel y sería una experiencia distinta, además, me venía bien dormir bajo techo después de tres o cuatro días seguidos a la intemperie, y aquí tenía resuelto el problema de buscarme la comida. Por otra parte, mi compañero de celda no parecía de los típicos capaces de violarte en las duchas. De hecho, parecía que, de los dos, quien necesitaba más ayuda era él.
Tras un rato observándole me decidí a acercarme y poner una mano tranquilizadora sobre su hombro. No reaccionó de manera alguna ante el contacto, y no supe que hacer después; en cierto modo aquel hombre me daba escalofríos, pero el no ayudar a un ser humano necesitado cuando estaba en mi mano me producía un rechazo aún mayor sobre mi persona.
Intenté darle conversación, le hablé sobre mí, le pregunté qué había hecho para estar allí, pero su respuesta volvió a ser nula. No se cuánto tiempo pasé, observando la celda, las paredes, el techo, cada baldosa del suelo, cada barrote, cada arruga de la cama, pero siempre evitando mirarle directamente a él, vencido por la presión social o con miedo de encontrar en su rostro mi propio reflejo, y siempre evitando mirar la mano que en ningún momento quité de encima de su hombro.
Finalmente carraspeé y dije la frase. No sé por qué lo hice, imagino que necesitaba desesperadamente decirle algo para romper la tensión que enrarecía el aire y no sabía qué, o quizás porque pensaba que ya era hora de recordármelo a mí mismo. “Todo va a salir bien”. Pero en realidad no me lo creía, ni por él, ni ya siquiera por mí. Siempre he odiado hacer promesas cuando no estoy en absoluto seguro de que se van a cumplir; no sabía qué había hecho aquel hombre, tal vez era un asesino, o quizá al final fuese cierto que tenía madera de violador y yo estuviese animado a esa clase de persona. O tal vez había sido acusado injustamente de alguno de esos dos crímenes y no había esperanza para él. De cualquiera de esas maneras, mi frase tranquilizadora estaba totalmente fuera de lugar.
Aún con el amargo sabor de la mentira en los labios, tratando de dilucidar por qué había dicho yo aquello y convenciéndome de que no importaba haberlo hecho, pues de nuevo aquella acción no había dado como resultado ninguna reacción; se abrió la puerta de la celda y una figura sonriente entró silenciosamente en la estancia. La escasez de luz me impedía discernir si se trataba de un ser humano vestido de traje o de un traje haciéndose pasar (y lográndolo en buena medida) por un ser humano. No tardó en identificarse como mi nuevo abogado de oficio y pedirme que le acompañara.
Recorrimos algunos pasillos sin mediar palabra, él iba delante y yo seguía sus pasos; el uniforme de un vigilante cerraba la marcha. De camino me preguntaba si existía alguna razón para no confiar en él, pero al no encontrar ninguna de peso, resolví que de hecho confiar en aquella persona era probablemente mi mejor opción. También decidí que en consecuencia consideraría, al menos por el momento, que efectivamentemi abogado era persona vestida de traje y no al revés.
Entramos en una sala oscura, encendió las luces y me ofreció asiento. El uniforme de vigilante cerró la puerta, supongo que con llave, en el preciso instante en que yo terminaba de atravesar el umbral de la misma. Me senté en la silla que se me ofrecía y esperé. Mi abogado dejó un dossier sobre la mesa (imagino que tendría que ver con mi caso, pero no lo abrió en toda la conversación) y me alegré al comprobar que afortunadamente no lo llevaba en ningún maletín.
Se sentó frente a mí y durante unos instantes no dijo nada, quedó callado, mirándome, escrutándome serenamente. Decidí hacer yo lo propio, y me fijé en cada detalle de su rostro. Era un hombre no tantos años mayor que yo, pero su traje impoluto hacía que en apariencia aumentase la diferencia de edad entre nosotros: yo era un joven sin presente ni futuro con la mente en las nubes y él un hombre hecho a sí mismo con los pies en el suelo. Pensar que un simple trozo de tela pudiese provocar diferencias tan bestiales entre dos personas semejantes hizo que un escalofrío recorriese mi espalda.
Mi pequeño análisis quedó interrumpido cuando el hombre que tenía enfrente comenzó a hablar. Sé que comenzó presentándose, diciendo su nombre, la universidad donde había estudiado y los años que llevaba ejerciendo su profesión, pero no soy capaz de recordar ninguno de esos detalles. También me siento incapaz de recordar su cara, sé que era moreno y que tenía los ojos también oscuros, pero por lo demás sólo recuerdo una característica cicatriz curva en el lado izquierdo de la parte inferior del maxilar que era en realidad demasiado pequeña como para crear una imagen mental tan potente.
Durante mi estancia en la celda me había ido impregnando de un pesimismo que parecía flotar en el ambiente, y no era para menos. Sin embargo, lo cierto es que me sorprendí bastante cuando mi abogado me dijo que me encontraba en una situación bastante complicada. Según me dijo, se me acusaba de perjuicio e injuria contra La Empresa y de circular por la vida sin abogado, con los agravantes de ser extranjero, de nivel socioeconómico bajo y estéticamente poco agraciado.
Existe el amor verdadero, no seamos cínicos, es una verdad innegable; pero junto a él existen una infinidad de sensaciones que sin llegar a ser en absoluto amor de verdad, son excepcionalmente parecidas a éste. Estas falsas copias son casi indistinguibles del original, y harán que te confundas una y otra vez, que persigas ciegamente cosas que en realidad no quieres, que sufras, que te deprimas hondamente, que pierdas la fe y la confianza y que llores sin motivo, porque estarás perdido, vacío e insatisfecho.
Y esta será una de las cosas que más te jodan en la vida.
Si tuviera más plata sería el soltero de oro para esa rubia platino que hace que me falte el oxígeno. Por ella voy con voluntad de hierro, hago el indio y me anuncio hasta en la radio, para que se fije en mí como en un letrero de neón. Soy yo, el chico de los cabellos rubidios, con mirarte,lurio me quedo; te saboreo, te paladio, descubromotivos para sacar berilio a cada emanación del ilegalio amor de un caminantec necio. Perdona, creo que a veces me enrodio demasiado.
I love you, so dont zinc about it, y dame un beso,diosa, femme fatalionominada al Oscar. Ni que lo que pido fuera demasiado, pero he gastado cada recurso, hasta todos mis ahorros, hasta el último cromo por tenerla, mi suplicio de tántalo, mi amor plutonioco, mi iridio imposible. Me marea como un canuto de hassio, me deja terbio de mente y ya no se me aluminio la bombilla.
Mi deseo grande como un titanio de ser tu niobio, sin hacer de esto un circoniotro antro más de mala muerte bajo luces fluorescentes. A tu lado dejo de ser huranio, te imagino, escandio champagne en una copa de vitrio de bohemia y brindamos por mi premio nobelio a quererte demasiado
Cloro que la amo y nunca cesio en mi empeño de conseguirla. Pero no está conmigo. Por ella zufre mi corazón, yo doy todo por volver a verla y me enciendo como un fósforo, me estroncio y me encarbono por cualquier cosa cuando no está conmigo; condenado al fracaso como un radón en una ratonera. Me siento estaño, su ausencia me da ascob, alto lo grito, equivale a estar solo por completo. Si no pierdo la cordura es porque todavía tengo esperanza: a veces se le niota que algo me quiere y no hace falta ser un genio como Albert Einstenio para darse cuenta de ello.
Camino descalcio, lo corroboro, me estoy volviendo loco, siempre erbio de su perfume desbario pensando en ella; esto es el kholmio de un amor letal como el arsénico, tan inefable como el preseodimio o el ununcuadio.
Una esperanza vana: diorama de mis sentimientos, sus negativas mangan eso que me mantiene vivo, quiero entrar en tu lio, que me cobre un simple beso, sólo pido lo que os mio.
Me curio las heridas, no quiero ser un plomo, ni un cerio a la izquierda, ni cornudo como un torio o un renio. No miro atrás, nunca dubnio, naufrago; y mercurio las heridas en un litio de whisky con cubitos de helio. Vivo de verdad o muero; no puedo seguir con la descorazonadora rutenio de siempre.
Dime lo que quieras, pero no vuelvas a repetir que nunca hubo química entre nosotros.
Ayer llegué a casa a las dos y veinte de la mañana, me cepillé los dientes y me fui directo a la cama. Esto es lo único que debería haber escrito hoy, es lo único que debería figurar aquí en estos momentos si ayer a las dos y veinte de la madrugada me hubiera creído capaz de conciliar el sueño; pero ese no fue el caso. La de ayer era una de mis noches y trece; tocaba noche de fantasmas.
Por fortuna eran fantasmas muy antiguos, eran los mismos de siempre, los viejos conocidos, los de mi eterna lucha a los que el tiempo nos había otorgado un mutuo respeto y aceptación que casi podrían confundirse con una brizna de afecto.
Uno no puede evitar sonreír al reencontrase con sus enemigos íntimos, porque en realidad hemos recorrido el mismo camino juntos, contamos las mismas viejas batallitas, aunque desde puntos de vista diametralmente opuestos. Por tanto no estaba yo del todo preocupado, sabía de sobra cómo era la lucha contra ellos, pero no estaba en absoluto confiado, sabía que la noche del 31 de enero iba a ser noche de apretar los dientes, de convertir la almohada en un sangriento campo de batalla, la oscuridad en un laberinto sin salida y el duermevela en una irracional agonía atemporal. No quería volver a pasar por todo esto, no esta noche. Era hora de probar nuevas tácticas.
Cuando ayer llegué a casa a las dos y veinte de la mañana, me lavé los dientes, me armé con una botella de agua, dejé las luces de mi cuarto encendidas, me maldije por tener todo el jazz en el mp3 y el mp3 sin batería, y opte por poner un recopilatorio de soul en el equipo como alternativa. Me senté sobre la cama con la espalda recostada en la pared, descorché el boli y abrí el cuaderno.
Lejos de pretender llevar la cruenta batalla a las hojas del papel, y sabiendo que no tenía nada nuevo que dilucidar sobre un problema que llevaba más de veinte años analizando, abrí el cuaderno por un par de páginas con relatos antiguos inconclusos, y avancé un poco sobre ellos.
Finalmente me decidí por fin a echarle huevos. Pasé páginas hasta llegar a una en blanco y escribí la primera palabra de miles que llegarían después.
La idea de escribir una novela no es nueva, llevaba años deseando empezar y varias semanas con una idea para llevarla finalmente a cabo que, aunque muy difusa, era mucho más clara que nunca. Sabía que por encima de todo necesitaba paciencia y coraje. Coraje para saltar a aquel inmenso abismo nebuloso sin guías, mapas o brújulas; y paciencia para aguantar y sobrellevar cada contratiempo, o cada vez que tuviese que reescribir capítulos enteros para lograr algo de concordancia.
Si me conozco lo suficiente, sé que cuando me embarco en un proyecto a gran escala es porque sé que voy a terminarlo, a menos que se confirme como un imposible o un inútil gasto de recursos sin pies ni cabeza ni un futuro mínimamente prometedor. También se que puesto que las carreras de resistencia las comienzo con el propósito de finalizarlas, voy a mi ritmo. No corro si no siento la verdadera necesidad de ello en un momento dado, no quiero acabar harto de escribir en el primer capítulo. También me tomo los descansos que vea necesarios, soy capaz de aparcar un proyecto durante meses sin que se me pase por la cabeza en ningún momento la posibilidad de abandonarlo, por mucho que así pueda parecerlo visto desde fuera. Sé que las cosas salen mejor si se hacen por placer y a su debido tiempo. ¿Ejemplo? La idea del próximo relato que va a aparecer aquí (con título “Química”), debió surgir en agosto de 2007 aproximadamente, pero hasta ahora no había sentido el impulso de escribirlo, aquel no era su momento. Por eso que nadie se extrañe si digo que la novela puede tardar fácilmente más de dos años, siempre y cuando por supuesto, no me pierda en lo farragoso de mis propias ideas y sea la novela quien finalmente me venza a mí. En mi defensa diré que además tengo que compatibilizarla con una carrera de ingeniería, el resto de relatos habituales del blog y tal vez otra novela, mucho más experimental, que también tengo relativamente planificada y que podría empezar en cualquier momento.
Sobre qué haré con ella cuando esté terminada aún es pronto. Tal vez intente editarla profesionalmente, tal vez la autoedite y la venda a través del blog, tal vez la autoedite y la ponga de todas formas.
Eran casi las cinco; el disco sonaba por tercera vez y el sonido de mi garrapateo sobre el papel era cada vez menos frecuente. Hacía más de una hora que los fantasmas se habían ido.
El hombre de la sonrisa eterna es un producto de la imaginación de una mente que tal vez ni siquiera exista. A medio camino entre los recuerdos y la ficción, cuando lo normal le resulta vulgar y lo cotidiano monótono, no tiene más remedio que reinventar la realidad para hacer su vida épica, mágica y digna de ser contada.